Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa
el guardián de Israel.

El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche.

El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre.

Reflexión

Este salmo forma parte de la colección de «cánticos de las ascensiones», o sea, de la peregrinación hacia el encuentro con el Señor en el templo de Sión. Es un salmo de confianza, pues en él resuena seis veces el verbo hebreo shamar, «guardar, proteger». Dios, cuyo nombre se invoca repetidamente, se presenta como el «guardián» que nunca duerme, atento y solícito, el «centinela» que vela por su pueblo para defenderlo de todo riesgo y peligro […] La verdadera vida, la verdadera ayuda viene del Señor. Y nuestra mirada, por consiguiente, se vuelve hacia la verdadera altura, hacia el verdadero monte: Cristo.

Esta confianza está ilustrada en el Salmo mediante la imagen del guardián y del centinela, que vigilan y protegen. Se alude también al pie que no resbala (cf. v. 3) en el camino de la vida y tal vez al pastor que en la pausa nocturna vela por su rebaño sin dormir ni reposar (cf. v. 4). El pastor divino no descansa en su obra de defensa de su pueblo, de todos nosotros.

Luego, en el Salmo, se introduce otro símbolo, el de la «sombra», que supone la reanudación del viaje durante el día soleado (cf. v. 5). El pensamiento se remonta a la histórica marcha por el desierto del Sinaí, donde el Señor camina al frente de Israel «de día en columna de nube para guiarlos por el camino» (Ex 13,21). En el Salterio a menudo se ora así: «A la sombra de tus alas escóndeme...» (Sal 16,8; cf. Sal 90,1). Aquí también hay un aspecto muy real de nuestra vida. A menudo nuestra vida se desarrolla bajo un sol despiadado. El Señor es la sombra que nos protege, nos ayuda.

3. Después de la vela y la sombra, viene el tercer símbolo: el del Señor que «está a la derecha» de sus fieles (cf. Sal 120,5). Se trata de la posición del defensor, tanto en el ámbito militar como en el procesal: es la certeza de que el Señor no abandona en el tiempo de la prueba, del asalto del mal y de la persecución. En este punto, el salmista vuelve a la idea del viaje durante un día caluroso, en el que Dios nos protege del sol incandescente.

Pero al día sucede la noche. En la antigüedad se creía que incluso los rayos de la luna eran nocivos, causa de fiebre, de ceguera o incluso de locura; por eso, el Señor nos protege también durante la noche (cf. v. 6), en las noches de nuestra vida.

El Salmo concluye con una declaración sintética de confianza. Dios nos guardará con amor en cada instante, protegiendo nuestra vida de todo mal (cf. v. 7). Todas nuestras actividades, resumidas en dos términos extremos: «entradas» y «salidas», están siempre bajo la vigilante mirada del Señor. Asimismo, lo están todos nuestros actos y todo nuestro tiempo, «ahora y por siempre»

Benedicto XVI

 

Corazon de Jesús 1

Oración

Señor, que hiciste el cielo y la tierra, ven en nuestra ayuda y no permitas que levantemos nuestros ojos a los montes de las fuerzas de este mundo; no permitas que nuestro pie resbale, apartándose del camino de la fe; haz, por el contrario, que caminemos siempre confiando en que tú guardas nuestras entradas y salidas ahora y por siempre. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Imágenes: Sagrado Corazón de Jesús de la Parroquia de la Asunción de Nuestra Señora de Noalejo (Autor: Navas Parejo)

Fuentes: http://www.franciscanos.org/oracion/salmo120.htm

 

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